La conmemoración el pasado mes de julio del noventa aniversario del vil asesinato del poeta y dramaturgo Federico García Lorca ha llenado las páginas y las pantallas de recuerdos y homenajes.
La recién estrenada película La bola negra, dirigida por Javier Ambrossi y Javier Calvo, nos ha conectado con su época, su vida y su obra. De nuevo el cine nos vuelve hacia la literatura. ¡Bienvenido sea!
Releyendo la estupenda columna «Federico, los amores y los silencios», escrita por Aníbal de Castro para Diario Libre, me he atrevido a convocar a esta Eñe al poeta. Y significa un atrevimiento para mí porque la vida, y la muerte, de Lorca todavía provocan que recorra mi espalda un escalofrío.
Por todo aquello que oí en mi infancia, en voz baja y a escondidas; por las circunstancias que rodearon su compromiso y su muerte atroz, que fueron compartidas por tantos españoles, la figura de Lorca, convertida ya en mito, tiene para mí resonancias mucho más allá de la literatura, resonancias personales muy íntimas.
La primera vez que leí a Federico lo hice en un pequeño librito que me habían regalado mis padres. Es una antología que se titula Poesía española para niños, de la editorial Taurus, en una segunda edición publicada en 1974.
Y digo «es» porque aún lo atesoro, deshojado por el uso y la lectura, en mi biblioteca.
Si no recuerdo mal lo habían comprado en la ya desaparecida librería Antonio Machado, en Sevilla, la que tantas veces vandalizaron los violentos fascistas por aquel entonces. Tenía yo unos seis años y mis padres me hicieron forrar el libro con papel estraza para que no se alcanzara a ver la portada.
Todavía no convenía que te vieran por ahí leyendo a Lorca, a Unamuno, a Alberti, a Blas de Otero, a Concha Lagos, a José Hierro, a Juan Ramón Jiménez, a Antonio Machado, a tantos y tantas grandes cuyos poemas alimentaron mi infancia.
También estaban por ahí mis adorados clásicos, Cervantes, Teresa de Jesús, Góngora, Lope de Vega, Quevedo. Los clásicos siempre han sido revolucionarios.
El poema de Federico que recuerdo es aquel que empieza con la estrofa «Mariposa del aire, / qué hermosa eres, / mariposa del aire / dorada y verde. / Luz del candil, / mariposa del aire, / ¡quédate ahí, ahí, ahí!…».
Tan pequeña, recuerdo que viví el placer de la metáfora. Quién sabe si mi inclinación por las palabras nació aquí, con esta «mariposa del aire» lorquiana.
Muchos años después, descubrí mi pasión por Góngora, y otra «mariposa en cenizas desatada» me hizo comprender por qué Lorca se empeñó en el homenaje a don Luis que dio nombre a la Generación del 27.
Dicen que los poetas son visionarios, y yo me inclino cada día más a profesar esa fe.
En la última estrofa de su elegía Llanto por Ignacio Sánchez Mejías, Federico le escribe a su amigo: «Tardará mucho tiempo en nacer, si es que nace, / un andaluz tan claro, tan rico de aventura. / Yo canto su elegancia con palabras que gimen / y recuerdo una brisa triste por los olivos».
Y en ella se funden Ignacio y Federico. Para dolor nuestro y del mundo, para oprobio y vergüenza de quienes nos lo quitaron, «tardará mucho tiempo en nacer, si es que nace, un andaluz tan claro».
Fuente: Revista






