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XI Semana de la Energía

Rusia fabricó la campana más grande y descomunal de la historia para impresionar al mundo, y consiguió algo todavía más difícil: que jamás…

En pleno Kremlin de Moscú se encuentra la campana más grande jamás fundida, un monstruo de casi 202 toneladas de bronce que lleva cerca de 291 años sin haber sonado una sola vez. A sus pies descansa un fragmento de 11,5 toneladas desprendido durante un incendio en el siglo XVIII. La Campana del Zar, concebida…

Rusia fabricó la campana más grande y descomunal de la historia para impresionar al mundo, y consiguió algo todavía más difícil: que jamás…
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En pleno Kremlin de Moscú se encuentra la campana más grande jamás fundida, un monstruo de casi 202 toneladas de bronce que lleva cerca de 291 años sin haber sonado una sola vez. A sus pies descansa un fragmento de 11,5 toneladas desprendido durante un incendio en el siglo XVIII. La Campana del Zar, concebida para impresionar a todo un imperio, acabó convertida en uno de los monumentos más extraordinarios de Rusia por una razón insólita: después de casi tres siglos, nadie ha conseguido escucharla sonar de verdad.

La campana que debía impresionar al mundo. La historia comenzó en 1730, cuando la emperatriz Ana Ioánnovna, sobrina de Pedro el Grande, ordenó construir una campana monumental para el Kremlin. El proyecto aspiraba a superar cualquier precedente conocido y dar continuidad a una tradición rusa de grandes campanas que ya había producido dos gigantes anteriores, destruidos por incendios. 

La nueva pieza debía duplicar aproximadamente el peso de su predecesora, que rondaba las 100 toneladas, y convertirse en una demostración del poder imperial. El encargo planteaba un desafío extraordinario para la metalurgia del siglo XVIII, hasta el punto de que las gestiones iniciales para conseguir asistencia técnica en Francia no prosperaron.

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Doscientas toneladas de metal fundido. La responsabilidad terminó recayendo en los maestros fundidores rusos Iván Motorin y su hijo Mijaíl, que prepararon un enorme pozo de fundición de unos diez metros de profundidad en la plaza Ivanóvskaya. El proceso sufrió importantes contratiempos: a finales de 1734, una primera tentativa fracasó por problemas durante la fundición, y en agosto de 1735 murió Iván Motorin. Su hijo asumió entonces la dirección del proyecto y consiguió completar el vertido del metal el 25 de noviembre de aquel año. 

El resultado fue una estructura colosal, con paredes que alcanzan los 61 centímetros de espesor y una superficie decorada con relieves barrocos, figuras religiosas y retratos de la emperatriz Ana y del zar Alejo Mijáilovich. La obra estableció un récord de tamaño que ninguna otra campana fundida ha superado desde entonces.

The Tsar Bell Kremlin Moscow

El incendio que lo cambió todo. En mayo de 1737, mientras la campana permanecía en el pozo donde se habían realizado los trabajos de fundición y acabado, un enorme incendio se extendió por el Kremlin. Las llamas alcanzaron las estructuras de madera utilizadas durante su construcción y dejaron la pieza expuesta a temperaturas extremas. 

Según la explicación histórica recogida por los Museos del Kremlin, durante las tareas de extinción cayó agua fría sobre el bronce recalentado, provocando un enfriamiento desigual y la aparición de grietas. Dos de aquellas fracturas terminaron confluyendo y separaron un fragmento de aproximadamente 11,5 toneladas. El accidente condenó a la campana antes de que pudiera instalarse en un campanario o utilizarse para su propósito original.

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Casi un siglo atrapada bajo tierra. Tras el incendio, la Campana del Zar quedó en el pozo de fundición, convertida en un problema de ingeniería que parecía imposible de resolver. Se intentó extraerla en distintas ocasiones, incluidas operaciones en 1792 y 1819, sin conseguir superar las dificultades que planteaba levantar semejante masa de bronce. Durante la ocupación francesa de Moscú en 1812, incluso se atribuyó a Napoleón la intención de llevársela como trofeo, un propósito frustrado (aparentemente) por su tamaño. 

Finalmente, en 1836, el arquitecto francés Auguste de Montferrand diseñó un sistema de elevación que permitió sacarla a la superficie. La campana fue instalada sobre un pedestal de piedra cerca del campanario de Iván el Grande, acompañada por el gigantesco fragmento desprendido que todavía puede contemplarse junto a ella.

Ae Transducers 1986

Sensores de emisión acústica en el interior de la Campana del Zar (1986)

Un gigante que nunca encontró su voz. La Campana del Zar jamás llegó a colgarse para funcionar y su fractura hizo inviable el uso para el que había sido concebida. Con el paso de los siglos, su silencio se convirtió en una de sus características más conocidas, hasta el punto de que se le atribuye a Voltaire una observación irónica sobre dos monumentos del Kremlin: una campana que nunca sonó y un cañón que nunca disparó. 

La comparación alude al Cañón del Zar, otra gigantesca pieza de artillería rusa cuya utilidad práctica también ha sido objeto de discusión histórica. Ambos monumentos representan una tradición de obras monumentales concebidas para exhibir una capacidad técnica y un poder político extraordinarios, incluso cuando su funcionamiento real quedó relegado a un segundo plano.

Ae Diagnostics 1986

Diagnóstico por emisión acústica de la Campana del Zar

El día que la ciencia consiguió hacerla sonar. En 2016, casi tres siglos después de su fundición, un equipo vinculado a la Universidad de California en Berkeley, Stanford y la Universidad de Míchigan recurrió a simulaciones informáticas para reconstruir cómo podría haber sonado la campana si hubiera permanecido intacta. El proyecto, impulsado por el artista e investigador Greg Niemeyer, modeló las vibraciones del enorme cuerpo de bronce y generó una recreación sonora cuya frecuencia fundamental rondaba los 81 hercios, un registro grave comparable al retumbar de una tormenta lejana. 

Durante una presentación en Berkeley, doce altavoces reprodujeron aquel sonido simulado, permitiendo experimentar una aproximación acústica a una campana que nunca había llegado a utilizarse. El resultado fue una interpretación científica y artística, necesariamente distinta de escuchar vibrar el monumento original.

El monumento a una ambición desmedida. La Campana del Zar continúa expuesta en el Kremlin como una de las mayores proezas de la fundición histórica y como testimonio de un accidente que frustró su destino. Sus dimensiones siguen siendo difíciles de imaginar: el fragmento desprendido pesa por sí solo bastante más que muchas campanas completas, mientras el cuerpo principal conserva la monumental decoración realizada por los artesanos del siglo XVIII. 

La pieza ha sobrevivido a imperios, revoluciones y guerras sin cumplir jamás su función más elemental. En ese contraste reside buena parte de su singularidad: Rusia consiguió fabricar la campana más grande del mundo, pero la historia terminó convirtiéndola en un gigante de bronce condenado al silencio.

Imagen | SergBuilo, sussexbirder, Güldem Üstün, SergBuilo

Fuente: Tecnologia

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