octubre 12, 2026



Si quisiéramos ejemplificar perfectamente la interconectividad que guarda la vida en la Tierra y la inevitable relación que sujeta las amplias regiones de un continente e incluso de todo el planeta como un espacio singular que sustenta la vida, más allá de las fronteras que los seres humanos hemos tendido sobre el orbe, sin duda podríamos elegir a las aves migratorias como muestra.
La existencia de estos excepcionales animales —el 19 % de las 10 000 especies de aves que hay en nuestro planeta son migratorias— es, en sí misma, la prueba de que nuestro mundo es primordialmente un vasto albergue de la biodiversidad. Antes de que las sociedades humanas florecieran seccionando los espacios terrestres, ellas tendían libremente su vuelo de un lado a otro, y aún hoy lo hacen.
Su presencia, una muestra de la salud ambiental de muchos ecosistemas, denota la necesidad de mirar todo de una manera integral. Incluso descifrar los secretos que encierran estos admirables seres vivos ha requerido la colaboración de un amplio espectro de participantes, muchos desde diversas ciencias como la ornitología, la ecología de la migración, la etología, la biología de la conservación o la biogeografía, pero otros tantos desde la observación empírica.
Tener información sobre ellas y los lugares claves para su conservación es imprescindible a fin de detectar los riesgos que amenazan a la biodiversidad y armonizar las agendas ambientales más allá de las fronteras nacionales y regionales, con el propósito de conservar recursos comunes. Más aún, porque el calentamiento global acelera la transformación de los ecosistemas, de modo que gran número de especies no tienen tiempo de desarrollar mecanismos de adaptación, lo cual aumenta el peligro de extinción de muchas de estas.
Así lo han entendido diversas organizaciones que impulsan su estudio y protección. Por esto, el Día Mundial de las Aves Migratorias —que se conmemora dos veces al año, una en mayo y otra en octubre— adoptó en 2026 el lema: ¡Cada ave cuenta, tus observaciones importan!, buscando destacar los aportes de la ciencia ciudadana a su investigación y cuidado, un objetivo especialmente significativo que otorga relevancia a los proyectos científicos comunitarios que se llevan a cabo a lo largo de las principales rutas migratorias del mundo.
Aprovechemos la visibilidad que propicia esta efeméride como una ocasión para dar cabida a la curiosidad y animarnos a conocer más sobre ellas. Por ejemplo, ¿sabías que su clasificación responde a criterios específicos? Así es, las aves se clasifican como migratorias no solo porque viajan de un lugar a otro, sino porque lo hacen con periodicidad y estacionalidad —su desplazamiento es cíclico y regular—; bidireccionalidad —el recorrido es de ida y vuelta—; y propósito ecológico y adaptativo —la migración sirve para maximizar la supervivencia y el éxito reproductivo—.
Ojalá la curiosidad nos lleve a indagar más sobre su importancia ecológica, pues estas aves, que han sido llamadas las centinelas del cambio ambiental global, desempeñan diversas funciones dentro de los ecosistemas, entre estas, ser controladoras de plagas, polinizadoras y dispersadoras de semillas. Y aunque algunas de las aves migratorias que nos visitan solo están de paso en nuestro país, otras se quedan para fortalecerse o completar aquí su ciclo reproductivo. Además, algunas de ellas se encuentran amenazadas y su conservación requiere de nuestra especial atención.
Esta publicación, en el espacio Historias que inspiran el ambiente, quiere motivar esa curiosidad, que los lectores se hagan muchas otras preguntas y busquen incesantemente las respuestas. Aunque recabar datos sobre las aves no es cosa fácil, sí que es satisfactorio y emocionante. Ya sea que se haga como pasatiempo o como actividad científica, observarlas nos conecta con la naturaleza y nos abre la puerta a conocer algunas de las grandes sorpresas que esconde la enorme biodiversidad de nuestro mundo.
Por ahora, les dejamos tres fotografías de aves migratorias: una cigüita de los prados (Setophaga discolor), un merlín (Falco columbarius) y un playerito semipalmado (Calidris pusilla), invitándoles a ser buenos anfitriones de estas incansables peregrinas, a recibirlas con alegría y atenderlas con esmero para que siempre regresen a engalanar nuestros entornos naturales con su espléndida belleza y encantadores cantos.
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Fuente: Medio Ambiente






