25 años después del 11-S: Cómo una fe heroica inspiró conversión y una esperanza puesta en Cristo

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El Monumento Conmemorativo del 11 de septiembre en el centro de Manhattan, que rinde homenaje a las 2.977 víctimas de los atentados de esa fecha en 2001, y la cruz del 11-S en la Zona Cero son recordatorios conmovedores 25 años después. También aparecen, de izquierda a derecha: el P. Stephen McGraw, el sacerdote franciscano Brian Jordan, y Paul Carris y Judith Toppin, aproximadamente un año antes del 11 de septiembre. | Crédito de la foto-ilustración: Melissa Hartog/National Catholic Register.

Imagine intentar bajar más de 70 pisos de un rascacielos en llamas mientras sostiene el peso de una mujer a la que apenas conoce. Para Paul Carris, esa fue la realidad que enfrentó la mañana del 11 de septiembre de 2001.

Carris trabajaba para la Autoridad Portuaria y su oficina estaba en el piso 71 de la Torre Norte del World Trade Center. Aquella mañana, antes de ir a trabajar, había asistido a la Misa de las 8:00 a.m. en una pequeña capilla cerca de Battery Park.

Poco después, estaba sentado en su escritorio, con vista a Manhattan, cuando escuchó el rugido del motor de un avión. Antes de que pudiera comprender lo que estaba sucediendo, se produjo un impacto enorme. Llamas y escombros comenzaron a caer frente a su ventana.

“El edificio se inclinó, y se inclinó tanto que los libros se cayeron de mi estantería y, por una fracción de segundo, pensé que iba a seguir cayendo”, me contó Paul en una entrevista reciente. Mientras la gente corría hacia las escaleras, se percató de una mujer que estaba en dificultades. Se llamaba Judith Toppin. Padecía sarcoidosis y tenía un desfibrilador implantado en el pecho. Físicamente estaba teniendo muchas dificultades.

En ese momento, Paul tomó en una fracción de segundo una decisión que definiría el resto de sus vidas. Sosteniéndola de un lado, mientras ella se aferraba al pasamanos con el otro, comenzó con ella el largo y lento descenso: 70 pisos, un escalón a la vez.

Judith avanzaba despacio y Paul sabía que tenían un largo camino por recorrer. Sin embargo, lo sorprendente es la calma que, según ellos, mantuvieron las personas en las escaleras.

“El Señor es mi pastor”

En 2001 había relativamente pocos teléfonos celulares y no existían las redes sociales.

Las personas que veían por televisión en Australia la cobertura informativa de los atentados sabían más sobre lo que estaba ocurriendo que quienes estaban dentro de las torres.

Paul y Judith no sabían que un avión de pasajeros había impactado deliberadamente contra el edificio. No sabían que otro avión había chocado contra la Torre Sur. Y no tenían idea de que el edificio en el que se encontraban estaba a punto de derrumbarse.

Entonces, a mitad del descenso, ocurrió algo increíble.

“Judith estaba teniendo muchas dificultades y, de repente, comenzó a rezar en voz alta: ‘El Señor es mi pastor, nada me falta’. Y cuando empezó a hacerlo, dije: ‘Yo también debería empezar a rezar’”.

Finalmente salieron de la torre y llegaron a la calle.

“Cuando salimos, era como estar en La dimensión desconocida. Reinaba el caos absoluto”.

Mientras se alejaban, Paul comenzó a darse cuenta de que entre los escombros que los rodeaban estaban los cuerpos de personas que habían caído o saltado de las torres.

Le dijo a Judith que no mirara al suelo, que simplemente mirara hacia adelante y reuniera las últimas fuerzas que le quedaban para alejarse. Entonces, cuando apenas estaban a una cuadra de distancia, la Torre Norte, de la que acababan de escapar, se desplomó.

Judith escribiría más tarde un ensayo titulado Angels Walk Among Us (Los ángeles caminan entre nosotros), en el que describía a Paul como el hombre que le había salvado la vida. Pero, como Paul terminaría diciéndome, pronto comprendió que en realidad había sido Judith quien lo había salvado a él.

Recientemente viajé por Nueva York, Pensilvania y Washington para realizar un documental de EWTN News con motivo del 25 aniversario del 11 de septiembre. Quería recordar lo que ocurrió aquel día, pero también plantear una pregunta más difícil: ¿Dónde estaba Dios en medio de semejante mal?

Las historias que escucharía de sacerdotes y religiosos que acudieron aquel día, y la manera en que la fe ayudó a sobrevivientes y familiares de las víctimas a sobrellevar lo ocurrido, fueron una gran fuente de inspiración. En el centro de Manhattan, no muy lejos de donde alguna vez estuvieron las Torres Gemelas, me senté a conversar con el sacerdote franciscano Brian Jordan, quien ejerció su ministerio durante meses en la Zona Cero después de los atentados.

Recordaba haber visto, una al lado de la otra, las mejores y las peores expresiones de la humanidad.

“Vimos la bondad en su máxima expresión. También vimos el mal en su peor expresión”, me dijo. “Pero el bien siempre triunfa sobre el mal”.

Vio a bomberos, policías, trabajadores de la construcción y voluntarios trabajar juntos entre las ruinas. Cuando se encontraban restos humanos, el trabajo se detenía y se rezaba.

Pero hay una imagen que quedó grabada en su memoria por encima de todas. Días después de los atentados, un trabajador de la construcción se acercó a él y le dijo: “Oiga, padre, ¿quiere ver la casa de Dios?”. Condujo al P. Jordan entre los escombros, donde había dos vigas de acero, una en posición vertical y otra horizontal. “Dios mío, tenían la forma de una cruz”, recordó el P. Jordan. “Dios hizo esto por una razón. Ahora sé por qué llama a este lugar la casa de Dios”.

El P. Jordan recuerda que, para todos los que estaban en la Zona Cero, aquella cruz formada por vigas de acero se convirtió en un poderoso signo de que la fe no había desaparecido bajo los escombros y de que Dios estaba con ellos.

El sagrado silencio de Shanksville

En contraste con el estruendo y el ruido del bajo Manhattan, Shanksville, Pensilvania, es silencioso y tranquilo. Mientras contemplaba el lugar donde se estrelló el vuelo 93 de United Airlines, observé los árboles, los campos ondulados y una inmensa extensión de cielo. Hay en aquel lugar un silencio casi sagrado. Resulta difícil imaginar un avión de pasajeros precipitándose hacia este apacible rincón de Pensilvania antes de estrellarse contra el suelo.

Pero en los minutos previos a aquel impacto ocurrió algo extraordinario a bordo del avión. A través de llamadas telefónicas, los pasajeros supieron que su avión formaba parte de un atentado terrorista y decidieron contraatacar. Todd Beamer pidió a una operadora telefónica que rezara con él el Padrenuestro antes de intentar irrumpir en la cabina y tratar de reducir a los secuestradores. Y gracias a sus valientes esfuerzos, en lugar de que el avión impactara contra la Casa Blanca o el Capitolio, matando a cientos, si no miles, de personas más, el avión se estrelló aquí, en este campo, a 500 millas por hora y completamente invertido.

El P. Joseph McCaffrey, sacerdote católico y capellán del FBI, llegó al lugar del accidente a la mañana siguiente.

“Cuando llegué por primera vez, los árboles todavía humeaban. Y lo primero que hice al llegar fue rezar y consagrar el terreno. Recé las oraciones por los difuntos por todos los que murieron aquí”, me cuenta allí, en el lugar. Y cuando comenzaron a llegar las familias en duelo, el P. McCaffrey estuvo allí para recibirlas.

“Mi enfoque era escuchar y luego, basándome en lo que había escuchado, ofrecer unas palabras sobre la esperanza de la vida eterna, sobre la compasión y la misericordia definitivas de Dios, y decirles que no estaban solos, que Dios entra en su sufrimiento”.

Desde Shanksville, mi viaje me llevó de regreso hacia Washington y el Pentágono. El Memorial del Pentágono se siente más íntimo. Junto al enorme cuartel general militar hay 184 monumentos conmemorativos individuales, uno por cada persona que murió allí y a bordo del vuelo 77 de American Airlines.

Cada uno consiste en un banco en voladizo sobre una pequeña piscina de agua corriente, dispuestos de acuerdo con las edades de las víctimas.

Los bancos apuntan en la dirección en la que volaba el avión aquella mañana.

Recién ordenado

El P. Stephen McGraw era un sacerdote recién ordenado cuando quedó atrapado en el tráfico cerca del Pentágono aquella mañana. Estaba sentado en su automóvil cuando el avión pasó volando tan bajo sobre él que golpeó un poste de luz. Instantes después, lo vio estrellarse contra el Pentágono. Inmediatamente corrió hacia el edificio.

Sentado conmigo en uno de los bancos del memorial, dijo: “Tuve la sensación de que Dios me había puesto allí. Para esto me ordené. Quiero administrar los sacramentos. Pero aquello estaba más allá de cualquier cosa que hubiera hecho. Simplemente era que Dios me había puesto allí como instrumento, un humilde y débil sacerdote servidor a su disposición, para ser testigo de su cercanía y de su presencia, para decir que Dios estaba allí”.

Para quienes iban a bordo del avión, o se encontraban en la zona directa del impacto, no había esperanza de sobrevivir, pero otras víctimas salieron corriendo del edificio hacia el césped del Pentágono, muchas de ellas con quemaduras terribles. Se tendieron sobre el pasto, sufriendo intensamente, y mientras los paramédicos corrían de una persona a otra, el P. McGraw se arrodilló junto a ellas. “Les decía: ‘Jesús está contigo’. Y se lo repetí varias veces, y en más de una ocasión hubo realmente una respuesta positiva”.

Recordó haberse arrodillado junto a un hombre gravemente quemado mientras los médicos trabajaban para salvarlo. “Le dije, con más convicción, con más fuerza: ‘Te digo que Jesús está contigo ahora’. Y recuerdo que él dijo: ‘Sí, lo sé’”.

De regreso en Nueva York, Paul Carris, el trabajador de la Autoridad Portuaria que escapó de la Torre Norte junto con Judith, me contó que durante años después del 11 de septiembre el trauma de aquel día lo afectó profundamente. Pero había algo más que también lo inquietaba. Judith seguía presentándolo como un ángel, como el hombre que había hecho todo correctamente. Eso obligó a Paul a examinar la forma en que había estado viviendo su propia vida.

“Tuve que enfrentar el hecho de que no siempre había vivido mi vida como el católico que ella describía. Separaba mi fe del mundo secular. Eso ha causado algunos problemas en mi matrimonio a lo largo de los años, y demás. Y Judith escribió este texto que me describía como un ángel”.

Paul comenzó terapia con un sacerdote y más tarde asistió a un retiro espiritual. Esto tuvo un profundo efecto en él y, con el tiempo, su fe se profundizó y comenzó su formación para el diaconado permanente en la Arquidiócesis de Newark, Nueva Jersey. Judith, quien murió en 2021, estuvo presente cuando él fue ordenado.

“Ella me dijo: ‘Tú me salvaste’, y yo respondí: ‘No, tú me salvaste a mí. De hecho, Dios nos salvó a los dos aquel día’”.

Artículo publicado originalmente en el National Catholic Register. Traducido y adaptado por el equipo de ACI Prensa.

Fuente: www.aciprensa.com